Hay dos eventos muy importantes que podemos resaltar de este fin de año: la elección de un nuevo presidente para la Unión Europea, Herman Van Rompuy, y la realización de la Conferencia del Clima de Naciones Unidas en Copenhague, un evento de alcance mundial que tiene como objetivos lograr el compromiso de los países industrializados de reducir sus emisiones de dióxido de carbono, la creación de un programa de apoyo común para los países en desarrollo víctimas del cambio climático, y el compromiso de estos últimos de reducir sus emisiones cuando sea necesario. Ambos hechos muestran que los países necesitan cada vez más actuar de manera conjunta y reconfigurar aquello que se conocía como “soberanía nacional” para lograr acuerdos vinculantes. La elección del nuevo presidente de la UE, como era de esperarse, no estuvo carente de opiniones en contra. Una de ellas fue la de Gran Bretaña. Lo más llamativo de esta situación es que un país tan poderoso como la pérfida Albión haya aceptado esta decisión-no sin que antes se nombrara a una británica como ministra de Relaciones Exteriores. El caso de la reunión de Copenhague también es particular: mientras se seguía negociando el destino de nuestro planeta, las relaciones de poder se atraían y rechazaban como elementos químicos hechos por un estudiante de primaria. Hillary Clinton afirmó que EEUU sólo daría un millonario apoyo a los países en desarrollo siempre y cuando China cumpliera con sus expectativas. Por su parte, China, a pesar de ser el país más contaminante del mundo, afirmó que no cedería a las presiones que intentaran inmiscuirse en su soberanía. Al respecto, habrá que estar muy atento para analizar hasta dónde pueden llegar los ajustes y desajustes entre China y Estados Unidos tanto en materia ambiental como en otros de similar relevancia (por lo pronto, China está construyendo ecociudades y se plantea ser la líder en la implementación de energías renovables mientras que EEUU parece no poder salir del pasado que le legó su ex alcohólico presidente).




